Yo me dedico a comprobar que los sistemas de defensa están en orden, junto con mi compañero, que lejos de estar pendiente de su trabajo, observa desde el panel acristalado las piruetas y disparos que se ciernen alrededor. Somos unos 7 u 8 operarios y nuestro comandante en jefe se ha unido al resto de personas en el visionado del espectáculo. Resulta que nuestras principales defensas antiaéreas no funcionan contra cazas tan pequeños, con lo cual solo nos queda observar y confiar en nuestros pilotos. Dejo los mandos y me acerco al panel.
Empiezan a caer cazas enemigos como moscas, primero uno, luego otro... de los 20 que habían apenas vuelan a duras penas la mitad. Es cierto que hemos sufrido bajas, pero nada alarmante para la magnitud de nuestra capacidad ofensiva. Se respira tranquilidad y sosiego. Parece que simplemente han intentado retrasar al máximo el exterminio de Yavin IV. Si yo estuviese en su lugar haría lo mismo, para qué mentirnos.
Nuestro comandante en jefe se permite hacer una broma respecto a la falta de gusto en la estética de los cazas rebeldes, comparándolos con tenedores tallados en hueso. Eso relaja al más intranquilo de los operarios y la escena se muestra ahora como un intercambio de luces parpadeantes que no representan amenaza alguna. Ante nuestro gozo visual, sin razón aparente y en desconcierto general, vemos cruzar a un escuadrón de 3 naves, dirigidas por Darth Vader en persona, lo que nos hace dudar de nuestra situación y volver a la incertidumbre inicial. Uno de los operarios corre en busca de información que explique tal arriesgada decisión a la sala principal de operaciones. Nos confirman que han detectado una debilidad en un extremo de la franja que rodea la estación, un pequeño hueco cuyo bombardeo puede desencadenar en la destrucción total del complejo. Pánico.
Ante nuestra indisposición solo nos queda mirar, mirar casi pegados al cristal que nos separa de la batalla, rezando para que los rebeldes desistan en su intento o, al menos, destruyamos su base a cambio de nuestra muerte. Pero esto es algo que nadie dice, contradecir la lógica imperial de una victoria asegurada supone para ellos una debilidad intorelable. Falta de ambición es para ellos lo que para mí es ser consciente, pero qué sabré yo, al fin y al cabo solo unos pocos de nosotros conocen el alcance real del poder imperial.
Varios de nuestros operarios rezan, otros tantos vitorean cada maniobra de Vader y estallamos en júbilo cuando se confirma el derribo de una nave enemiga. La adrenalina de tales subidas y bajadas emocionales ya ha hecho efecto en nosotros y todo se revuelve en una incandescente sensación de desesperación, alegría y calma, alternándose a cada tanto.
Finalmente, Vader alcanza al último de los cazas, tratando de asediarlo. La destrucción de Yavin IV es inminente y ellos no han llegado todavía a una posición cercana a nuestra debilidad. Recuerdo que justo en este momento, no sé si por evasión o como respuesta al control de la situación, recordé la cara del arquitecto satisfecho en la apertura de la estación espacial, rodeado de altos cargos felicitándole por tal obra magna, con una sonrisa ancha e inalterable. "Deberías estar criando malvas, ojalá te encuentres en Yavin IV", pensé.
Desperté de mis ensoñaciones y me dirigí rápidamente a la sala de operaciones principal. No podía quedarme viendo aquello ahora que todo se decidía entre uno u otro, necesitaba ver como el caza rebelde era volatilizado por Vader, necesitaba la confirmación de nuestro poder, y más que todo eso, el recuerdo cristalizado en mis ojos del golpe de gracia defintivo.
Para cuando llegué aquello estaba atestado, todos observaban callados y complacientes. Me fijé en todos individualmente. Traqueteos en las manos, piernas temblorosas, tics en los ojos... todos cuidaban de no mostrar su nerviosismo, pero hasta el responsable máximo de la operación se hallaba ojiplático ante la amenaza real de poder ser destruidos, o bueno, más que ser destruidos sucumbir a la muerte que tan gustosamente repartíamos. Pero eso son divagaciones de hoy en día, en su momento yo estaba tan convencido como ellos.
El caza sigue volando al ras de la franja, esquivando con gran habilidad los láseres de Vader. Observo como poco a poco va recortando distancias y tal como ya estaba ocurriendo desde hacía varios minutos en la sala de antiaéreos, el pánico empieza a anidar en los presentes.
Entonces siento algo, algo fortísimo que no había sentido nunca antes, una sensación de hormigueo creciente en la nuca que se extiende por todo mi cuerpo. Todas mis extremidades se paralizan y me quedan mis ojos, que se clavan en la cada vez más expectante pugna. Mis sentidos se disparan y me dicen que tengo que huir de allí, sea como sea.
Como por arte de magia, inmediatamente después de decidirme en mi huida, informan al comandante principal que acaban de terminar los preparativos de su nave, en caso de necesidad. El comandante gruñe y alega que huir ahora solo demostraría nuestra incapacidad ante la amenaza. Corro a toda prisa a los hangares. "Bendita ambición arrogante" me digo, mientras recorro los ascensores tubulares.
De camino al hángar en el que pensaba que se encontraría la nave del comandante, varios supervisores tratan de increparme y detenerme, pero sus intentos son vagos y desisten rápidamente. Cuando llego al hangar no hay ni rastro de la nave del comandante y el resto de cacharros no se encuentran disponibles para tripular, así que vuelvo sobre mis pasos hacia el hangar más cercano.
Finalmente, encuentro la nave, que hubiese sido como encontrarme con el mismísimo arca de Noé de no ser porque estaba resguardada por dos soldados.
De nuevo siento un hormigueo incesante, uno todavía más intenso que el anterior, profiriéndome un dolor punzante en toda la columna. Pero esta vez no me paralizo, avanzo hacia la nave como una especie de acto de fe. Los dos soldados preguntan por mi identificación y número de serie. Les doy el número de Roger, un ingeniero de naves que pasaba de vez en cuando a la sala de antiaéreos para charlar con el comandante en jefe y miento diciendo que me he dejado mi identificación. Lo único que recuerdo de Roger es un perverso gusto por los chistes sexuales de Ewoks, que entusiasmaban al comandante. En cualquier caso, gracias.
Los dos soldados aceptan mi narrativa y preguntan por mi misión allí, a lo que respondo con "tareas de mantenimiento de última hora". Me dejan entrar en la nave pese a no haber sido avisados. Viendo la situación cualquiera se permite el lujo de ser protocolario. Cuando entro por fin, respiro. Respiro mucho. Enciendo los motores uno a uno, arranco antes de tiempo y la nave se arrastra por el suelo impoluto, provocando chirridos molestos. Los dos soldados abren fuego contra mí. La puerta de salida está cerrada y mi fallo de cálculo ha destapado todas mis cartas, solo me queda rezar, esperar o qué se yo.
"Pulsa ese botón azul".
"Vale".
La puerta se abre lentamente mientras el escudo inexpugnable propio de la nave de un comandante repele los láseres de mis antiguos compañeros. Me encamino como puedo a la salida y me alejo finalmente de la estación.
"Activa el camuflaje espacial, ¿O es que quieres que nos maten?".
"Es cierto. ¿Cómo se acti...?" Giro la cabeza perplejo, buscando al locutor que había estado obviando hasta ahora. Un Ewok está sentado en el asiento del copiloto, manejando palancas y apretando botones como puede.
"Ya está". Dice.
Le agradezco la ayuda enormemente tras recuperarme del shock. Voy recuperando la calma conforme nos alejamos, y le pregunto que qué demonios estaba haciendo allí. El Ewok me mira fijamente y me dice "Estaba convencido de que eras un rebelde infiltrado, pero parece que simplemente eres un exiliado". Saca un revólver de fabricación propia y me apunta a la cabeza. "Tienes dos opciones, o te unes a la rebelión, bajo juramento, o te vuelo la cabeza con mi artilugio". Como he dicho antes, no soy de esa ambición desmedida que tanto promulgan los altos dirigentes, así que acepto mi nuevo destino sin mucha resistencia.
En cosa de 10 minutos, vuelvo a preguntarle lo mismo, que qué hacía allí.
"Pues verá, ¿Conoce a un tal Roger?"
Y justo en ese instante un sol espontáneo nace detrás nuestro, sellando el destino de la estrella de la muerte en el olvido. Pese a ello, no me sorprendí, y mi reacción fue ponernos rumbo a Yavin IV en el mapa espacial.
0 Comentarios